|
Ciento cincuenta y tres galeses, un veinticinco de mayo de 1865, partieron del puerto de Liverpool: el "Mimosa" ponía rumbo a la Patagonia.
El 28 de julio de 1865 entraban en el Golfo Nuevo y
desembarcaron frente a lo que hoy es Puerto Madryn. En el lugar hay un monolito de granito rojo y los nombres, ya históricos, de los primeros galeses que enfrentarían al desierto austral.
Como les pasó a muchos inmigrantes que llegaron a este país, el paisaje que encontraron era muy distinto al que habían dejado. Extrañarían horrores el verde de su Gales natal.
Dejaban una tierra donde su cultura, su lengua y sus creencias religiosas estaban seriamente amenazadas –cuando no directamente prohibidas– y niños y adultos, jóvenes y viejos eran miserablemente explotados en las negras minas de carbón de Gales, por sus dueños ingleses.
Los primeros años fueron extraordinariamente duros. El fracaso de varias cosechas por falta de agua, puso a la colonia al borde de la inanición y el desaliento. El hambre, la soledad, el aislamiento y la pobreza eran muy grandes. La mayoría no eran agricultores.
¿Qué ocurriría cuando inevitablemente tomaran contacto con los indios? La historia dice que el encuentro tuvo lugar entre una mujer galesa, con un bebé recién nacido y una pareja de tehuelches. Tras unos instantes de mutuo asombro y recelo, la mujer galesa puso su hijito en manos de la mujer tehuelche quién lo acunó.
Rápidamente aprendieron a convivir pacíficamente. Descubrieron que ambos tenían cosas para compartir. Los caciques amigos hacían respetar la propiedad privada y la vida de los "galensos" (como los llamaban a los galeses) y si algún tehuelche "distraído" se llevaba el caballo de algún galés se lo hacía devolver inmediatamente.
Estos habitantes del pequeño País de Gales
leían la Biblia y encontraron que muchos personajes bíblicos vestían pieles y que ellos mismos, también habían usado arcos y flechas, sólo unos siglos atrás. Los primeros habitantes de la Patagonia eran, al fin y al cabo, igual que ellos, hijos Dios.
Los nativos de la Patagonia aprendieron a respetar el descanso del "Día del Señor" y a saborear "bara meny" (pan y manteca). Aborígenes y galeses comerciaban e intercambiaban aquello que necesitaban. Se entendieron en una mezcla de galés, tehuelche y español.
Cuando el desaliento cundía en la colonia galesa, por las enormes dificultades y privaciones, y no pocos hablaban de irse, los Tehuelches les dijeron que les daban caballos y vacas pero que no se fueran porque si no "¿con quién vamos a comerciar?"
Los chicos y jóvenes de la colonia, guiados por el cacique Francisco, pronto aprendieron a lanzar boleadoras, a usar el lazo y a manejar los caballos y las vacas. No había mayor alegría para ellos que salir a cazar guanacos y ñandúes y galopar libres por la árida estepa.
Relata el Reverendo W. C. Rhys en su libro "La Patagonia que canta", que estando el cacique Francisco en Buenos Aires para ver al Presidente a fin de gestionar asuntos de su tribu, enfermó gravemente. Agonizante y en sus últimos momentos, alcanza a exclamar: "Iré al cielo de los galensos, porque donde va esa buena gente debe ser un lugar feliz".
El gran cacique Juan Chiquichano advirtió a las tribus de la Cordillera, de intentar nada contra sus amigos galeses, eran tribus que desconocían la actitud fraterna de ellos y la relación de amistad y respeto que existía entre tehuelches y los hijos "Cymru".
En noviembre de 1883 John D. Evans, Richard B. Davies, Zacarías Jones y John Parry salieron en una expedición
que los adentraría en el interior de lo que hoy es la provincia del Chubut, en dirección a la Cordillera.
Iban a buscar oro. John Daniel ya lo había intentado no hacía mucho, con el capitán Richards y otros amigos dado que conocía el desierto y a los indígenas que habitaban en él.
Llegaron en diciembre hasta el Zanjón del Oro, unos noventa kilómetros más allá de Paso de Indios. Faltos de víveres, John decidió volver hasta el valle del Chubut junto con su cuñado Zacarías Jones para abastecerse debidamente, ya que su propósito era llegar hasta la cordillera de los Andes. En el Zanjón o Cañadón del Oro quedaron Parry y Davies.
Al regreso con las provisiones y cinco amigos más, se encontraron con un destacamento del Ejército Argentino en lo que hoy se llama Valle de los Mártires. El comandante Lino Roa iba al mando y conducía a un numeroso contingente de indios cautivos hacia Valcheta. En ese lugar había un "reformatorio" para indígenas con la finalidad de "civilizarlos".
Recordemos que en 1879 se había llevado a cabo la "Campaña del Desierto" y las Primeras Naciones ("los Hermanos del Desierto" como les decían los galeses) fueron sometidos y estaban sufriendo sus crueles consecuencias; justamente por eso los pobladores galeses intercedieron, en 1883 ante el General Lorenzo Vintter pidiendo que fueran dejados en sus hogares porque: "los indios fueron un muro de seguridad y amparo para nosotros..."
Roa les dijo a Evans y a sus compañeros que no quedaban indígenas en el desierto, salvo en los bosques. |
|
|
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
|
| Circuito Urbano |
El peculiar trazado urbano, con plaza octogonal y diagonales (y columnas de alumbrado público en el interior de las viviendas), obedece a que el pueblo surgió en el vértice superior de una chacra y sus calles quedaron determinadas por los deslindes del predio agrícola.
Caminando podemos llegar hasta el Museo Histórico Regional, el más importante de su tipo en la provincia, habilitado en el antiguo edificio del Molino Harinero que funcionó allí a principios del siglo pasado y que no sólo dió nombre a la ciudad sino que también fue un importante polo de desarrollo y de asentamiento poblacional para la zona.
Se recomienda visitar la Tumba del Caballo Malacara, postrer homenaje del baqueano de la colonización galesa al fiel animal que salvó su vida al huir de una emboscada indígena. En el mismo predio se encuentra el "Cartref Taid" (Hogar del Abuelo, siendo un complemento ineludible en la visita.
El Té Galés, acompañado de exquisitas tortas y dulces regionales, constituye un ritual casi obligatorio para la población y los visitantes.
Por último, la Capilla Bethel, edificada en 1910 y restaurada totalmente en 1997 muestra al visitante su austera y sobria construcción donde aún palpita el fervor religioso de los coros galeses en el culto dominical. |
 |
 |
|
|
|