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Quizá cometa el pecado de simplificar complejos estados del alma humana al intentar escribir mi recuerdo de cuando Papá decidió regresar con Mamá, pero ello poco me importa. Mi hija no dice que han muerto, ella dice que tanto el abuelo Elías como la abuela María están en la luna.
Y acaso sea mejor, porque a la luna la vemos y podemos imaginar que desde ella nos cuidan desde arriba...
Hace dos años, en esos convulsionados días que el imaginario colectivo a optado por olvidar y hasta pensar que nunca existieron -tal y como acontece con nuestra historia vista estrábicamente-, decidí que lo mejor era escribir mi homenaje al cumplirse una año de su fallecimiento, pero que a la vez diera esperanzas para todos los amigos que la actividad comercial me trajo y que como tantos otros argentinos la estaban pasando muy mal y sin ánimos para seguir adelante. Defendí el pensar que cumplí con mi cometido a raíz de todas las respuestas recibidas y el año pasado decidí no escribir nada y dejar que mi homenaje siguiera su curso...
Papá siempre me decía que hay personas que cometen un viaje. Y que ese error obligatoriamente el Agente de Viajes debe evitar. Sólo comete un viaje quien le fue expedido un tour.
A veces, el limitado recuerdo –exacerbado y a la vez menguado– de la pasada vivencia en un lugar conspirará para que el cliente no vuelva satisfecho. Empero, nunca se regresa: ni el lugar ni nosotros somos los mismos. Un viaje es una serie de procesos mentales antes que un desplazamiento físico.
La contemplación de la naturaleza es de carácter inefable. El hecho humano, por complejo que sea, siempre podrá ser descifrado por humanos. Un glaciar avanzando, la huella de un dinosaurio (tan lejano que lo juzgamos irreal), cientos de kilómetros de silenciosa y enorme soledad árida, rocas de 7 kilómetros de alto, lagunas con algas azules en aguas hirvientes, el rugir del agua al suicidarse en la selva paranaense, árboles devenidos en piedra, el caminar por el techo de América (tan vasta y tan plana es la puna), alerces anteriores a que Platón escribiera sus diálogos, el mágico instante de una trucha saltando fuera del agua en busca de alimento y "esa mano sobre esa panza con vida propia en ese justo y último momento" corresponden a un orden impenetrable a la mente mortal.
Destinada a ser inaccesible, la naturaleza puede estar urdiendo planes en contra de nuestros deseos. Además, miles de años (miles de miles de años) y justo en el presente es cuando suceden las cosas!
Todo acto de entender y percibir implica el recortar, abstraer e ignorar. El problema es que no todos lo hacemos de igual forma: las selecciones son individuales.
¿Se puede viajar a las islas griegas sin haber leído a Homero? ¿Se puede visitar la Capilla de Huacalera sin haber leído a Sábato? ¿Se puede recorrer la Cuesta de Lipán con música de Jazz? Por supuesto que sí, aunque el placer de estar sea infinitamente menor. Si no sabemos que las estrellas se ocultan o desnudan a nuestra vista dependiendo del hemisferio, nunca elevaremos conscientemente nuestros ojos al cielo.
Es por ello que Papá gastaba todo su descanso en la cuidadosa elección de la música a pasar en cada uno de sus viajes y en estudiar cada vez más la historia, los mitos y las leyendas del lugar, mientras Mamá confeccionaba una por una las almohadas que los pasajeros utilizarían en cada asiento y le acercaba qué leer entre mate y mate.
La vida de un viaje siempre es función de la velocidad con la que el tiempo fluye: más lento en la niñez, más lento en la ansiedad sin contención, más lento en la ignorancia, más lento con malos servicios, interminable si no se cumple con lo que se prometió. Y uno de los principales anhelos de Papá era que cada viaje resultara cortísimo, aunque el recorrido (siempre en micro, siempre conduciendo él) fuera de 15 o más días.
Papá era un convencido de que toda persona que agradezca las diferencias gusta de viajar. Y que quien prefiere el eterno regreso al descubrimiento, la variedad o la novedad ha sido un maltratado pasajero por alguna agencia y que –escaldado– cuando consiguió lo que buscaba, prefiere conservarlo a aventurarse por algo superior. A Papá siempre le gustó éste último porque sabía que lo convertiría en el primero... |
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| La sonrisa de Papá |
El hombre tocó timbre. Mamá salió a atender y contestó que Papá no se encontraba en ese momento. A la solicitud de que le dijera a qué se debía su presencia para ver si ella lo podía ayudar, el señor dijo que venía porque se había enterado que nosotros estábamos interesados en adquirir un ómnibus usado. Y como él tenía uno, gentilmente lo estaba ofreciendo.
Quizás la curiosidad, tal vez el aburrimiento de la monotonía de todo barrio, acaso intrigada por saber con quién Mamá conversaba, me obligué a escuchar detrás de la ventana la conversación. Luego de varios minutos de alabar la unidad, regalando elogios a diestra y siniestra a su posesión, un irrevocable deseo de conocer me hizo preguntar desde el anonimato que da una celosía “Señor, si el colectivo es tan bueno como dice, ¿por qué lo vende?"
Los recuerdos –más los de nuestra niñez– son como fotos, con suerte llegan a pequeñas películas de pocos segundos. Luego de la pregunta, no recuerdo lo que pasó con la conversación, ni siquiera con ese colectivo. Lo que recuerdo es que al regreso de Papá –al enterarse de la situación– luego de enjugarse las lágrimas que la risa le produjo, se me acercó, me dio un beso y siguió riendo. Pero yo no entendí por qué Papá se rió ni por qué se vendía el micro... |
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| Mi recuerdo... Y mi Homenaje |
En el año 2002 escribí esta nota a modo de homenaje al cumplirse un año del fallecimiento de Papá. Es mi produndo deseo que aquellas personas que aún no la hayan leido, lo puedan hacer en el siguiente sitio:
http://www.e-caluch.com/
Muchas Gracias. |
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